Las películas deportivas dicen sólo una cosa en su mensaje: el deporte es como la vida. Pero hay deportes y deportes: por razones bien visibles, el boxeo aparece como el más sórdido, muy cerca del género negro y el melodrama.
Por lo tanto, las películas que cuentan historias ambientadas en el ring y alrededores, siempre dejan un gusto a veces amargo. Pero a pesar de eso no puede discutirse su calidad.
Hay algo indudable: el boxeo y su gente no han dejado de golpearse en el cine desde su nacimiento. Y sin ninguna duda, es un subgénero favorito del público desde siempre.
Origen
¿De dónde proviene éste deporte donde dos hombres se castigan duramente con los puños?
La lucha y el boxeo son los deportes más antiguos y hay registros desde el cuarto milenio antes de Cristo, en Egipto y Oriente cuando los contendientes se golpeaban a puño limpio. Los primeros datos de una pelea en los tiempos modernos se ubican en la Inglaterra en 1681, cuando el Duque de Albermarle organizó un combate entre “su mucamo y un carnicero”. Toda una pintura de la sociedad de la época.
Ya en el siglo 18, la lucha por dinero (en esa época sin guantes) era perseguida por las autoridades, pero dentro de todo tenía sus seguidores.
Fue el Marqués de Queensberry quien humanizó el box estableciendo reglas e incorporando los guantes para proteger los puños y al rival, muchas de la cuales siguen hoy en vigor.
El boxeo ante las cámaras de cine
Este deporte, ya ajustado a reglamentos, fue utilizado por los comediantes desde Charlie Chaplin, pasando por los Tres Chiflados, hasta el mismo Jerry Lewis.
Los cómicos suelen apelar a trampas, dado que sus peleas son desparejas: siempre les tocan rivales más fornidos y con cara de pocos amigos. Ante la nueva versión de David y Goliat, apelan a distintas argucias para no recibir una paliza…
En Carlitos campeón de boxeo (1915), Charles Chaplin personifica a un boxeador con un serio problema en el ring: su rival lo quiere matar a trompadas, por lo que apela a cualquier método, como por ejemplo esconderse detrás del árbitro con una gracia irresistible. Algo similar ocurre en Qué suerte tiene el marino (1951). Durante el combate, Jerry Lewis apela a un juego de piernas que anticipa al de Muhammad Ali, a tal punto que desconcierta a su adversario y lo derrota.
Pero los momentos más memorables fueron aportados por Buster Keaton y Harry Langdon …dos formidables cómicos de las décadas del 20′ y 30′.
En Battling Batler (1926), Keaton protagoniza un duro combate, y obligado por las circunstancias, derrota a su rival con más ingenio que fuerza. Mientras que en The fighting Parson (El luchador/1930), Langdon sorprende y vence al matón de un pueblo cuando sus brazos crecen desmesuradamente.
En todos estos filmes, el cómico -improvisándose boxeador – vence al profesional o al bravucón de turno. Pero por el carril de la parodia, se desliza una mirada respecto al empleo de recursos que sugieren cierta corrupción en lo que rodea a los combates, aunque no se la condena de manera explícita.
Al margen de esta concesión a la comedia, las películas sobre boxeo se pueden subdividir en cuatro grupos: el boxeo como espectáculo cinematográfico, el boxeo como melodrama, boxeo y política, y de tesis y denuncia..
Espectáculo cinematográfico
Las películas de este grupo no cuestionan al boxeo, sino que utilizan lo que este deporte tiene de espectáculo, pero con fines comerciales.
Ahí está por ejemplo El caballero audaz (Gentleman Jim/1942), una buena biografía sobre James Corbett protagonizada por Erroll Flynn, un súper astro de la época especializado en películas de acción.
Pero la máxima expresión del boxeo como espectáculo es sin duda, Rocky (1976), dirigida por John Avildsen, aunque creada y protagonizada por Sylvester Stallone, un actor poco conocido hasta entonces, con pequeñas apariciones en la pantalla, como por ejemplo en Bananas, de Woody Allen, donde se lo veía como un ratero en un vagón de subte.
Rocky ganó el Oscar a mejor película y además de un fuerte espaldarazo inspiró a Stallone para continuar la saga, asumiendo desde entonces la triple condición de escritor, director y protagonista.
Según contó el propio Stallone, la idea se le ocurrió luego de presenciar un match de box entre Muhammad Alí y Chuck Weppner, un púgil acostumbrado a “probar” a las figuras en ascenso. Durante el enfrentamiento, el veterano cayó muchas veces, terminó todo ensangrentado pero de pie, aún cuando el público le gritaba conmovido que se quedara en la lona.
El tema de inventar un peso pesado sin demasiadas habilidades pero decidido a no hacer fácil ningún combate para sus oponentes le fascinó y así nació Rocky Balboa, un muchacho simple de los suburbios de Filadelfia que triunfa en la vida, en el amor y en “el país de las oportunidades” -como dice un promotor – enfrentándolo con el campeón imbatible: Apollo Creed, encarnado por Carl Wheaters con muchos de los tics del propio Muhammad Ali.
Eso sí, todo sin cuestionar como es manejado el boxeo.
Pero esos valores, los primigenios, el honor, la lucha, la autocompasión, la lealtad a un destino, que habían despertado la simpatía del público porque resumían ciertas ilusiones y ambiciones latentes en todo ser humano, se desmoronaron en las estereotipadas y narcisistas versiones posteriores, convertidas en shows de violencia (el pan y circo de los romanos).
En Rocky IV, se afirma por boca de unos de los personajes que “al público le gusta ver pelear y sangrar a dos atletas sobre el ring”. Y por la amplia adhesión en boleterías que tuvo la saga, hay que darle la razón.
Con envoltura de melodrama
Aunque el melodrama puede exhibir auténticas cartas de nobleza, para sectores intelectuales éste género podría ser asimilable a las telenovelas. Es sinónimo de desigualdades sociales, personajes que encarnan ideas morales de una manera más o menos estereotipada. Si se aplican estos parámetros a los filmes del género, resulta fácil inferir que los melodramas con fondo boxístico más paradigmáticos como son las dos versiones de El campeón (The Champ), de King Vidor de 1931, y la de Franco Zeffirelli en 1979.
La historia, basada en una novela de Frances Marion, cuenta la vida difícil de dos personas: el padre, un ex campeón de box venido a menos, borracho y jugador, que busca una oportunidad de reconquistar a su hijo. La otra es su rica y hermosa madre que lo abandonó y que reaparece ocho años después. La versión de Vidor es más sensiblera.
Incluso sugiere que la pobreza hace a la gente “más comprensiva y cariñosa”.
La versión de Zeffirelli enfatiza la moralina y el flanco más meloso para emocionar hasta las lágrimas, si es posible, con el rosario de desgracias que afectan al niño.
Es un flojo filme de boxeo, y de yapa, Jon Voigth parece más un profesor de Harvard que un boxeador. Es más, Faye Dunaway sostuvo alguna vez que fue la peor película que hizo en su carrera.
También pueden ser encuadradas en este segmento: El estigma del arroyo (1956/Robert Wise), con Paul Newman encarnando a Rocky Graziano, un peso mediano de poca técnica pero con una derecha devastadora. El film cuenta como Rocky supera una infancia difícil -castigado por su padre, otro ex boxeador fracasado y alcohólico; como se convierte en delincuente juvenil, en soldado dado de baja con deshonor, y sin embargo el boxeo oficia de tabla de salvación y redención, y llega a ganar el campeonato mundial de su categoría.
Rocky Marciano (1979/Charles Winkler), evoca a otra figura de existencia real: Rocco Marcheggiano, conocido como Rocky Marciano, uno de los más grandes noqueadores de la historia del box, quien además, se retiró como campeón invicto de los pesados. La película es un melodrama que aunque no elude pasajes de peleas, muestra con mayor detalle los problemas de su vida privada y el accidente aéreo que le costó la vida.
En este apartado se pueden incluir dos filmes basados también en personajes reales que aunque tienen al boxeo de fondo, trazan una parábola sobre las realidades sociopolíticas de sus países de origen: Gatica, el Mono y Golpe a la vida.
Para algunos analistas, el film argentino se puede ver como el ascenso y caída de un boxeador, no como una metáfora del peronismo. Leonardo Favio la definió como un fresco sobre la Argentina entre 1925 y 1963, época en la que el Luna Park era a veces una prolongación de la Plaza de Mayo.
Para otros, en cambio es una gran metáfora política, con un personaje que muchos recuerdan como analfabeto, mujeriego, haragán, imprevisible, fanfarrón y peleador hasta extremos suicidas, pero al mismo tiempo ídolo popular adorado por el público. Gran trabajo de Edgardo Nieva como Gatica.
En Golpe a la vida (1997/Jim Sheridan), la violencia política se traslada a Irlanda del Norte, aunque también sobre un ring. La figura evocada es Barry McGuigan, boxeador irlandés, católico, simpatizante del IRA, quien fue encarcelado por un atentado que no cometió.
En la ficción del filme, McGuigan (Daniel Day Lewis) es condenado a catorce años de prisión cuando apenas tenia 19 de edad. Cuando sale de la cárcel procura alejarse de la política y reconquistar a su novia, quien en el interín se casó con un miembro del ejército clandestino que luego termina encarcelado. Los códigos del IRA imponen a las esposas de sus presos la obligación de no comprometerse en nuevas relaciones.
El luchador (Cinderella Man) (2005/Ron Howard). El film relata una historia de superación, basada en la vida real de James Braddock (Russell Crowe), un pesado “chico” para la categoría, quien sin brillar demasiado en el ring debe colgar los guantes al quebrarse una mano.
Ambientada en los días de la Gran Depresión de los años 30′, el protagonista debe mantener a señora e hijos por lo que llega a cargar bolsas en el puerto. Cuando considera que su mano está curada, vuelve al cuadrilátero y se encarama entre los mejores, convirtiéndose en favorito del público por su valor y por enfrentar siempre a rivales más grandes y poderosos, coronándose campeón mundial frente a un verdadero asesino del ring: Max Baer, quien cuando colgó los guantes participó como actor secundario en 19 películas.
Películas de tesis y denuncia
Los filmes de este capítulo no esconden la intención de denunciar el carácter violento del boxeo y la corrupción que suele rodearlo desde su nacimiento. Siempre fue normal leer de “carnicería legalizada” de boxeadores manejados por gangsters, y de públicos ansiosos de morbo mientras subliman sus propios instintos.
Alí (2001/Michael Mann). Con Will Smith en un gran trabajo, el film muestra la llegada del mejor pesado de la historia a la fama. En forma paralela, desfilan sus amistades no aprobadas por el establishment: el cantante Sam Cooke, asesinado misteriosamente, Malcom X, también ultimado mientras pronunciaba un discurso en un teatro, el lider Elijah Muhammad que lo convirtió al islamismo, y una época donde el racismo era mucho más notorio y habitual que en la actualidad, aunque aún no haya desaparecido (y es probable que nunca lo haga). Excelente película.
Carne y espíritu (1947/Robert Rossen). El film traza una parábola donde se advierte la oposición entre miseria y riqueza, entre poder y servidumbre, entre dinero limpio y dinero sucio, entre honradez e indecencia. El protagonista es Charlie Davis (John Garfield), un púgil que para ascender se somete a la mafia del boxeo. El conflicto estalla cuando Davis se niega a entregar una pelea y se juega por recuperar su dignidad y autoestima.
Otro detalle curioso del film es que fue uno de los primeros “victimizados” por el maccarthysmo, ya que su director Robert Rossen, el protagonista John Garfield, el guionista Abraham Polonsky, el productor Bob Roberts y el fotógrafo James Wong Howe, vieron alteradas sus vidas y trayectorias por la nefasta “caza de brujas” desatada en el país. Más aún, afectado por el disgusto, dos años después falleció John Garfield, de quien se dijo literalmente: lo mataron el disgusto y la amargura.
El triunfador (1949/Mark Robson). A la inversa de las anteriores historias, donde el boxeador es un explotado, Midge Kelly (Kirk Douglas) es un verdadero presumido, autosuficiente, machista, etc. Literalmente, busca trepar sin importarle el método, incluso utilizando a su hermano lisiado. La historia se cierra con una pelea en la que el adversario le da una gran paliza, y aunque Midge gana el título, muere en el vestuario como secuela del castigo recibido y del sobreesfuerzo en el ring.
El luchador (1949/Robert Wise) Robert Ryan, gran actor de la época, es Bill Thompson, un boxeador acabado, próximo a colgar los guantes, apoyado por la única persona que cree en él: su esposa.
Gran film que dura el tiempo real de la historia: 72 minutos, pautados por relojes que se ven de vez en cuando, como ocurría en A la hora señalada. Y con cuatro únicos escenarios: el hotel donde Bill se aloja con su esposa, el vestuario, el ring y un callejón que no lleva a ningún lado.
Su entrenador, sin avisarle nada, vende la pelea contra un pupilo manejado por la mafia. Según el arreglo, Thompson caerá en el cuarto round. Cuando el púgil se entera en el cuadrilátero, decide jugar limpio y noquea a su rival. Al volver al vestuario todos se han ido. Cuando intenta escapar, es en ese callejón donde recibe una paliza brutal y le fracturan las manos.
El mundillo creado por Wise es sórdido, el profesionalismo dudoso, y los apostadores son quienes deciden quien gana las peleas. Una obra pequeña pero perfecta del cine negro con un valor casi documental.
La caída de un ídolo (1956/Mark Robson). Basada en una novela de Bud Schulberg (autor de Nido de ratas), enfocada en el mundo de los malos del boxeo: los mafiosos que digitan resultados. Pero aquí hay otro villano: un periodista deportivo que acepta la propuesta de un gángster poderoso: fabricar un ídolo boxístico para después explotarlo.
La víctima es un argentino de Mendoza: Toro Moreno, gigantesco púgil sin condiciones, que con peleas arregladas asciende en el ránking hasta que al enfrentarse con el mejor de todos, sufre una terrible paliza.
Llegado el momento de devolverlo a Mendoza sin un dólar en el bolsillo, el periodista (Humprey Bogart ya enfermo), acompaña a Moreno al aeropuerto y le entrega los 25 mil dólares que le correspondían por su tarea mediática. Otro verdadero clásico a la hora de mencionar las grandes películas del género.
Requiem para un luchador (1962/Ralph Nelson) Tuvo a un gran intérprete como Anthony Quinn y una aparición de Muhammad Alí durante la pelea que ambos sostienen en la apertura del film. Quinn es un boxeador acabado que además tiene a un entrenador que le apuesta en contra. Un film en blanco y negro con la finalidad explícita de mostrar la inhumanidad del pugilismo y la corrupción que generalmente lo rodea.
La gran esperanza blanca (1970/Martin Ritt). Es la dramática historia de Jack Johnson, primer campeón mundial pesado de raza negra, que en el film tiene Jefferson como apellido, y es protagonizado por James Earl Jones, años antes de aportar su personal voz al villano Darth Vader.
La persecución de la sociedad es asfixiante, porque no admite que un negro sea campeón mundial de box, y que mantenga relaciones con una bella mujer blanca.
Para eludir la cárcel la pareja inicia un viaje por Gran Bretaña y Alemania, hasta que Jefferson recibe la oferta de regresar para enfrentar a El Kid (Jess Willard, en la vida real) en un combate que le dejará mucho dinero pero que debe perder. La pelea se realizó en La Habana y en los viejos noticieros se nota claramente como el campeón se tira en la lona durante el segundo round cuando ve una pistola que le apunta desde el ring side, y se tapa el sol que le daba en la cara con uno de sus brazos mientras escucha la cuenta del referee.
En 1970 esta cuestión tenía todavía vigencia, por eso Ritt mostró la presión del racismo contra un negro que se jactaba de ser superior a los blancos.
Ciudad dorada (1971/John Huston). Buena aproximación de Huston al mundo boxístico. Traza un paralelo entre un boxeador ya en decadencia a los 29 años, que convive con una mujer bebedora, que periódicamente intenta dejar el boxeo; y un joven de 19 años que alcanza el estrellato. Su compañerismo en el gimnasio primero, y su reencuentro al cabo de un tiempo, los lleva a reflexionar sobre el futuro que les espera. Huston no aporta originalidad pero imprime su sello a la historia, dando razón y contenido humano a los personajes muy bien interpretados por Stacy Keach y Jeff Bridges.
Toro Salvaje (1980/Martin Scorsese) Justicieramente considerado uno de los mejores filmes de Scorsese y un gran retrato sobre el mundo del boxeo de una época.
Recrea la autobiografía de Jake La Motta, un mediano de los años 40′ y 50′ surgido del Bronx, quien alcanzó el campeonato mundial de su categoría al vencer al francés Marcel Cerdán en 1949. Pero su conducta impulsiva y violenta, más su afición a las juergas fueron mermando sus condiciones físicas y acabó perdiendo el título en 1951 a manos de uno de los mejores boxeadores de todos los tiempos: Ray Robinson. Años más tarde abrió un club nocturno en Miami, donde presentaba los espectáculos.
En la visión del realizador, La Motta es un ser instintivo y elemental, afectado por celos patológicos, agresivo e inseguro. Todo esto lo afecta no sólo en su actividad pugilística, sino en las relaciones con su hermano Joey y con su segunda esposa.
En su última pelea contra Robinson hay una escena inolvidable; cuando ya totalmente derrotado y desfigurado, La Motta se agarra de las cuerdas y todavía de pie le dice a su rival: “No me pudiste noquear”. El trabajo le valió el Oscar a Robert De Niro.
A todos estos filmes memorables habría que agregar Million dolar baby, de Clint Eastwood, pero tendríamos que agregar una nueva categoría: la de boxeo y eutanasia, en la que es único, aunque excelente, ejemplo.
El ring iluminado, rodeado por una muchedumbre expectante, la humareda flotando alrededor, la tensión que precede al gran combate, el choque cuerpo a cuerpo de los boxeadores ha cautivado a directores de la talla de Charles Chaplin, John Huston o Clint Eastwood, y ha hecho triunfar a actores tan dispares como James Cagney, John Garfield, Paul Newman o Sylvester Stallone. Todo ello habla de la intima relación entre el pugilismo y el cine durante más de un siglo, que esperamos no se interrumpa nunca.





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March 31st, 2011 at 11:54 pm