Tres campeones mundiales

Por Ramón Marquez

Alguien graba la voz de Lionel Rose -entonces campeón mundial de peso gallo y posteriormente cantante profesional- mientras, a sus espaldas, bromean Rubén Olivares y Chucho Castillo, Evan Armstrong –ataviado con la famosa falda escocesa kilt- escucha con atención y José Medel opta por mirar a la cámara. Era la tarde del 26 de agosto de 1968. Dos días después, en El Forum de Inglewood, Armstrong fue noqueado en dos asaltos por Chucho Castillo; Olivares acabó en tres con el filipino Bernabé Fernández –único ausente en la gráfica- y, en pelea no titular, Rose ganó por decisión a José Medel… Entre estos personajes libraron una serie de históricas batallas: antes de ser vencido por Rose, Medel venció por puntos a Armstrong; después de su pelea con el australiano fue noqueado por Rubén Olivares y empató con Chucho Castillo en duelo por el título nacional gallo… Después de ese combate, Olivares noqueó a Lionel Rose e, invicto, conquistó el campeonato mundial gallo, que expuso con éxito ante Castillo –previamente, Chucho había noqueado a Armstrong-, y lo perdió y lo recuperó en memorables duelos con el guanajuatense… La foto, pues, presenta a tres peleadores que alguna vez ostentaron el fajín universal de los pesos gallos –Rose, Olivares y Castillo…

 

Pelear con Brown era una obsesión

Algún día confesó Carlos Ortiz: “Tenía una obsesión de pelear con Huesos Viejos Brown… Había estado eludiéndome durante un tiempo”.
Tal vez tenía razón el puertorriqueño. Acaso Brown se negaba a pelear contra él por la sencilla razón de que era 10 años mayor que el boricua…

Brown era un peleador consumado: boxeador clásico con instinto de noqueador. Llegó al ring en la juventud, después de que la pobreza lo impulsó a trabajar como asistente en una tienda de abarrotes y posteriormente en una carpintería. A los 15 años -1941- debutó como profesional. Sin gran éxito: en 1943, cuando fue reclutado y enviado a combate en la II Guerra Mundial, tenía marca de 8-2-2. Durante sus 21 meses en la Marina participó en 9 invasiones en el Pacífico y conquistó el campeonato peso ligero de All-Service ­–todos los combatientes-  y fue honorablemente dado de alta en 1945. Cuando volvió al ring sufrió dos derrotas y nadie se hubiera atrevido a apostar un dólar por su futuro. Largo fue su camino hacia el título: 11 años y 88 peleas más, hasta que, con marca de 73-19-10, venció a Wallace Bud Smith y le quitó el fajín universal de los pesos ligeros. Lo defendió exitosamente en 11 ocasiones. La revancha que ganó a Dave Chamley –en Londres- fue escogida como la Pelea del Año en 1961, y Brown fue nombrado Peleador del Año.

Por fin, Huesos Viejos Brown y Carlos Ortiz estuvieron frente a frente. Brown no era sólo 10 años mayor que Ortiz, sino que había sostenido el triple de combates que el puertorriqueño. Su record era de 96-22-12 contra el 35-4 de Ortiz. Pelearon el 4 de abril de 1962 y la multitud que abarrotó el Convention Center de Las Vegas bostezó durante los 15 rounds…. “No quise correr riesgos –confesaría Ortiz-. Simplemente utilicé mi jab durante toda la pelea y lo mantuve a distancia”. Los tres jueces le vieron ganar arrolladoramente: 74-60, 74-58 y 74-66. Ese día, Ortiz se convirtió en el primer puertorriqueño campeón mundial en dos divisiones. Ganó un par de peleas no titulares en Manila y en Tokio hasta que, en la propia capital nipona –diciembre 3- noqueó en cinco rounds a Teruo Kosaka, returo su corona y fue nombrado Peleador del Año.

“Me gustaba mucho viajar como campeón mundial” dijo Ortiz. Lo que no le gustaba era exponer el título.Volvió a defenderlo hasta el 10 de abril de 1963 cuando, en el estadio Hiram Bithorn –San Juan- aniquiló en 13 asaltos al peligroso cubano Douglas Vaillant –al que había vencido por decisión dos años atrás-, quien cayó en el primer round, dos veces en el duodécimo y dos más en el décimo tercero hasta que el gran James J. Braddock se apiadó de él y decretó el nocaut técnico.

Después, el monarca se trepó al avión. Una pelea a diez rounds en Honolulu, otra en Londres –victoria sobre Maurice Cullen-, y a continuación aceptó exponer el título ante el ambicioso filipino Flash Elorde -71-18-2-. Recientemente coronado campeón mundial superpluma, Elorde aspiraba a la corona en la siguiente división. No fue posible. Pese a que el combate se realizó en Manila –febrero 16, 1964-, se cumplió la máxima boxística: un buen peso grande será siempre mejor que un peso chico. Ortiz lo dominó con claridad y lo noqueó técnicamente al minuto y 44 segundos del décimo cuarto round. Las tres puntuaciones oficiales favorecían al puertorriqueño: el afamado Nat Fleischer, editor de The Ring, votó 62-58; los otros dos, 64-50 y 61-59.
Dos meses después –abril 11- sostuvo la tercera pelea con Kenny Lane. Habían dividido victorias. Ortiz inclinó la balanza a su favor al vencer por decisión unánime. Derribó a Lane en el décimo cuarto asalto.

Una rápida sucesión de dramas

La vida plácida de Elías y sus abuelos fue abruptamente sacudida por una rápida sucesión de dramas: un terremoto destruyó totalmente la casa de piedra en Hamshille. Y cuando se mudaban a la casa de Yousef y Warde en Beiteidine-El-Lech, se produjo una invasión de langosta. La plaga arrasó con los sembradíos de la familia. Devastó frutas, verduras, plantas, hojas, árboles enteros… La gente intentó defenderse: combatiría con fuego al ejército invasor, pero pronto se dio cuenta de que corría el grave peligro de asolar la zona, y se decidió a abrir zanjas en las que las langostas eran enterradas vivas inmediatamente. Esfuerzo tardío: el verde campo había sido devorado. Elías y sus abuelos tuvieron que volver a empezar, pero con apremios: tomaría mucho tiempo hacer fértiles aquellos suelos ahora yermos. De los adentros de Elías brotó, entonces, la vocación árabe del comercio: además de ayudar a su abuelo en la replantificación de las tierras, comercializaba la corteza de los pinos, excelente para curtir las pieles. Para negociarla tenía que ir hasta Mashgara, cruzando los oscuros parajes del bosque de Tahmed, donde operaba una temida banda de ladrones. Elías fue asaltado en varias ocasiones. Finalmente, y para evitar los robos, los comerciantes discurrieron hacerse acompañar por mujeres, que escondían el dinero entre las piernas, debajo de la falda. La religión musulmana sería implacable en su castigo si algún malhechor se atrevía a hurgar debajo de las ropas femeninas. Con el producto de sus ventas pronto abrió Elías varias tiendas de abarrotes, ropa y calzado en Beiteidine-El-Lech. No cumplía aún los 15 años de edad. Mientras volaba la infancia de Elías como volaba el viento por los flancos de la enhiestas montañas de la sierra libanesa, metiéndose entre los cedros y emitiendo un alarido que pasaba sobre las cimas y entre las cargadas ramas de aquellos árboles ancestrales, en 1912 el aliento mortal de la peste bubónica -llamada La plaga negra- acabó con la paz en el puerto sirio de Lattaquie, ciudad helénica en donde el mar Mediterráneo deja de ser un gigante y llega a tierra convertido en mansas olas que suavemente lamen la orilla. En sólo unos días la peste redujo a Lattaquie, y a la vecina Djisr El Chougour, a pueblos fantasmas que lloraban a sus muertos. Aterrorizado por la brutal epidemia, a lomo de burro y en carretas abandonó Lattaquie el respetado comerciante Jesús Chagnón, descendiente de una familia de artesanos de la joyería. Había casado con Bajille Chacour, dama de alto nivel social; varios de sus antecesores fueron jerarcas en la milenaria Djisr El Chougour, ciudad fundada, como Damasco, antes de Cristo. Un hermano de Bajille, paladín de la región, fue heraldo en la defensa de su tierra en una revolución siria. En plena batalla fue herido en una pierna y para seguir en combate él mismo se la cercenó. El acto de valentía inspiró a su pueblo, que luchó como nunca hasta vencer. De finos modales, bondadosa, altruista, y profundamente religiosa era Bajille. A la usanza de la época, y como una indicación de su linaje, cuando casó con Jesús el dorso de sus manos fue tatuado en delicada filigrana azul. La peste ponía en peligro no sólo sus existencias: en las entrañas de Bajille cobraba vida una nueva vida. Pronto sería madre por vez primera. Por eso se fueron y buscaron refugio en el noroeste del país; lo encontraron en la lejana Idlib, antigua, religiosa, de hondas raíces árabes e intocada por la epidemia. Ahí se reunieron con Jorge, hermano de Jesús, quien vivía en Djableh, pueblo cercano a Djisr El Chougour. Por meses había insistido a su hermano: “Acompáñame a la gran aventura. Viajemos a América”. Finalmente, las terribles circunstancias actuaron en su favor. Jorge, Jesús y Bajille embarcaron hacia el Nuevo Continente. Llegaron a Veracruz en plena revolución y partieron hacia Ciudad Victoria, Tamaulipas, donde se había establecido una numerosa colonia sirio-libanesa, y abrieron un negocio de ropa y calzado. En ese 1912, en plena huasteca tamaulipeca, cobró vida la vida que vivía en las entrañas de Bajille Chacour: nació Wasila Chagnón. Dos años después, Jorge y Jesús Chagnón fundaron la primera fábrica de camisas y pantalones en el norte del país.

José Sulaimán

El Chato Loco y Lumumba

Por Ramón Marquez

 

It happened on February 19, 1978. Today 36 years ago. And it seems like yesterday…That day Freddy Castillo faced Lt. Flyweight champion Luis Estaba. He went to face him in his turf; The Bullring in Nuevo Circo, Caracas.

He was known as “Lumumba” for his resamblence to the Congolian leader Patrice Lumumba- he was a very singular champion in a very particular division. The WBC created it on April 4, 1975: in Milan in a fight with a lot of controversy.
Franco Udella was crowned by disqualification beating on the twelfth round the Mexican Valentin “Duende” Martinez. But he was known for refusing to defend the crown against Paraguayan Rafael Lovera, citing illness. Although nobody knew Lovera, their representatives said they had 21-1-1 mark. As such, he received the opportunity to fight for the vacant title against was with poor record-2.7.28 -. He was crowned with a knockout in four … Shortly after it was discovered that Lovera had never held a pro fight! It was the first and last.
Estaba – ” he used to train with Sadler and Willy Pep ; ! told them , I realized 127 battles before jumping into the professional , not including street fights “Haha haha” – started in boxing pays the very late age of 27 and a tall guy -1.61 meters for the division. – ” He always gave advantage in weight, because it was very strong, fishing , riding bushes choir and other things that strengthened my humanity.” He was best known for all his illegal tactics than for his quality as a boxer. Expert footsteps, elbows , headbutts and kneepunches . – ” All that is true . He used his elbows , head, stepped to the counter to knock them , got his fingers in their eyes. I learned that in street fights and always saw Joe Louis and Sandy Sadler Willy Pep . They were very good , by applying these techniques. They were my teachers. ” However, it was proposed to dignify his career and his division , and defended the crown 12 times -11 of them in Caracas until the fight with Castillo came …
Little could be said of the boxing skills of Freddy, a quasi-pygmy Yucatan. Perhaps that was very brave and he never took a step backwards.But it was 14 years younger than the champion! In Mérida called him El Chato Loco for his bravery in the ring. And with the simple formula directly forward and hit the body, southpaw Castillo undermined Lumumba resistance -37 years-dropped him in the twelfth round and knocked him out in the fourteenth.
He had another very singular singular division champion…

Dos derrotas en Milán

Por: Ramón Marquez

-III parte-

Treinta años después de la coronación de Sixto Escobar como primer campeón mundial puertorriqueño, Carlos Ortiz se adueñó del fajín universal de los pesos super ligeros. Esa corona, sin embargo, no se había disputado en 13 años y significaba muy poco en el orbe pugilístico.  De cualquier manera, el estilo de Ortiz atrajo al promotor George Parnassus, quien lo contrató para exponer el título ante el invicto noqueador mexicano Raymundo Battling Torres -31-0-. La pelea, si puede decirse, fue la “semifinal” de una muy atractiva doble cartelera –febrero 4, 1960, en el Memorial Coliseum- en la que el también mexicano José Becerra concedía la revancha al francés Alphonse Halimi, a quien arrebatara el cetro gallo.

Cuatro formidables boxeadores y, en realidad, ni una pelea… O, si se prefiere, dos peleas de un solo lado: Becerra volvió a noquear a Halimi, y la clase privilegiada de Ortiz hizo ver que Torres era un producto de la mercadotecnia más que del boxeo: le dictó una auténtica cátedra de boxeo y lo noqueó técnicamente a los 2:56 del décimo asalto. Iba muy arriba en las puntuaciones oficiales: 89-80, 88-80 y 88-81.

El siguiente adversario fue Duilio Loi, un italiano de 31 años y 120 peleas profesionales -102-1-7-. Eterno campeón europeo. Primero en peso ligero, después en welter. Se enfrentaron el 15 de junio, y Ortiz retuvo el campeonato mediante una muy apretada decisión dividida: el juez Matt Zidich votó 145-143 por el italiano; el juez Fred Bottaro
-148-146- y el réferi Vern Bybee -145-143- por el puertorriqueño.

Loi clamó por una revancha que Ortiz concedió al instante. Y no sólo eso: sino que aceptó pelear en Milán, la ciudad donde nació su adversario, y donde jamás perdió una pelea –y fueron más de 100-. ¿Por qué?, le preguntaron. “Porque hay muy buen dinero”, respondió. Una suma considerable, habrá que suponer. Pero en el tan famoso estadio de futbol San Siro –septiembre 1-, Ortiz sufrió su segunda derrota como profesional y, con ella, la pérdida del campeonato del mundo. Loi lo derrotó por decisión mayoritaria: el juez André Esparraquera y el juez David Avrutschenko votaron por él; el juez Philippe DeBakker marcó 72-72.

Por supuesto, se pactó un tercer encuentro. Pero, antes de enfrentarse nuevamente al italiano, Ortiz fue a Los Ángeles y venció por decisión a Cisco Andrade, el peleador de moda en la urbe californiana. Tenía la esperanza de que Joe Huesos Viejos Brown le diera una oportunidad por el fajin universal peso ligero, pero Brown optó por eludirlo.  Así que nuevamente viajó Ortiz hacia Milán –mayo 10, 1961-, sólo para comprobar que nadie podía hacer sombra a Duilio Loi en la ciudad que dicta la moda en el mundo. Loi no sólo volvió a vencerlo –ahora por decisión unánime-, sino que lo derribó en el sexto asalto.

Cerró el año con dos buenas victorias y una emocionante noticia: el dos de septiembre, en Miami, venció por puntos al cubano Douglas Vaillant
-25-2-4-, y el 18 de noviembre –Nueva York-, al italiano Paolo Rossi, quien lo derribó en el noveno round.

Rossi fue uno de los más duros rivales que enfrenté en mi carrera. Jamás dejaba de ir al frente.

Reynolds y Majors se meten al boxeo

Por Ramón Marquez

La sorprendente noticia se da a conocer el 28 de enero de 1976: los actores Burt Reynolds –en la foto- y Lee Majors manejarán, de ahora en adelante, la carrera de Andy Hawk Price, quien tiene marca de 22-1-3, no pelea desde marzo del año pasado y mañana enfrenta a Rudy Barro. Grandes aficionados al boxeo, Reynolds y Majors pretenden contratar a un buen número de peleadores. Comienzan con Price, quien derrota a Barro por decisión. Antes venció a los mexicanos Pipino Cuevas y Carlos Palomino, así que pretenden conseguirle una oportunidad titular ante Johnny Stracey –inesperadamente, el británico noqueó a Mantequilla Nápoles y le despojó del campeonato mundial welter-. Pero Stracey tiene otros planes: retiene el título ante Hedgemon Lewis. Reynolds y Majors buscan a Ángel Espada, pero el monarca WBA opta por Pipino… Todo este escenario conduce a un final no imaginado por los actores: Price es noqueado por José Baquedano, Pipino clava en dos a Espada, y Palomino en 10 a Stracey….

Sólo la unión hace la fuerza

En el lecho de muerte, la voz de mi madre era un eco de sí misma.
-Veo un bello campo pletórico de flores amarillas…
-decía-. Y allá, al fondo, la cascada es como un cántico…
Comenzó a tararear el Ave María de Shubert y, repentinamente, sus suaves manos se adueñaron de las mías con el último hálito de fuerza en su cuerpo exánime y su voz recuperó firmeza cuando me dijo:
-Quiero que tú y tus hermanos estén unidos para siempre. No permitas que nadie los separe. Que sus vidas sean sólo una. Porque sólo la unión hace la fuerza. Que sea el dogma de tu vida, hijito.
-Así será, madre -dije con voz trémula.
Instantes después se extinguió para siempre aquella flor marchitada por una vieja, crónica enfermedad.
Sus últimas palabras viven muy dentro de mi ser.
“Sólo la unión hace la fuerza…”

* * *

El gran pájaro plateado se desplazaba ronroneando sobre la negra cúpula del cielo nocturno, tachonado de tímidas estrellas. Abajo, sobre un mapa en blanco y negro, la ciudad de México empequeñecía y se alejaba, su cuerpo de gigante atrapado por una telaraña de luces multicolores que cintilaban en continuas intermitencias. Dormitaban varios pasajeros. Martha y yo platicábamos sobre mi futuro inmediato. Mi esposa cerró una revista que ojeaba distraídamente y volvió hacia mí sus redondos ojos oscuros.
-¿Estás seguro de que eso es lo que quieres hacer? -insistió en la pregunta.
-Sí -suspiré-. No hay duda. Tengo que enfrentar mi destino. Me duele apartarme del boxeo, pero en la convención de Túnez renunciaré al Consejo Mundial.
Nos interrumpió la voz amable de una sobrecargo: “¿Les ofrezco algo de beber?”.
Sin querer recordé a Bob Turley y a Jim Deskin y sonreí involuntariamente.
-¿Qué pasa? -preguntó mi esposa…
-Recuerdos, mujer, recuerdos…
-Señores, deseo renunciar de manera irrevocable-, les había dicho apenas cinco meses antes. Me miraron atónitos. No esperaban esas palabras al iniciar una reunión a la que convoqué, en la discreción de una bella casona cuatro siglos vieja, ahora un hotel de no más de 20 cuartos en Landersheim, Francia, pequeña ciudad cercana a la frontera con Alemania. Acudieron todos los miembros del Comité de Finanzas y un representante de cada federación. Era mayo de 1975 y bajo oscuros augurios comenzaban los preparativos para la convención de Túnez. Les había dicho que estudiaríamos el presupuesto a ejercer en los meses venideros. No les dije que renunciaría y que buscaría su unificación antes de mi partida.
-Pero… ¿Por qué? -el primero en reaccionar fue Bob Turley.
Tenía en el rostro los claros efectos de una resaca fenomenal. “Somos adoradores del dios Baco”, decían él y Jim Deskin en una especie de confesión en broma. Pero sí, lo eran. Descubrieron que ese antiguo hotel atesoraba no sólo un chef extraordinario, sino que las escaleras del comedor conducían a las profundidades de una cava incomparable. En un inmenso bodegón reposaban interminables filas de todos los tipos del mejor vino. Deskin y Turley no durmieron en sus habitaciones. Durmieron en la cava. “Esto es el paraíso”, decían con un encantador cinismo.
-Porque no puedo más -respondí-. El Consejo Mundial de Boxeo arrebata tiempo muy valioso a mi familia y a mi empresa. Además, ya no coincido con el profesor Velázquez, y no quiero ni molestar ni estorbar. Sobra mi presencia en el Consejo. He perdido la motivación.
Se confundieron las voces. Hablaban unos y otros, atropellándose las palabras y las acusaciones contra el profesor. Varias federaciones amenazaron con retirarse si Velázquez continuaba en el mando.
-No lo hagan -supliqué casi. Defendí al profesor: – Finalmente, es nuestro líder, da vida al Consejo. No tiene par su experiencia y no abundan hombres con sus pantalones para tomar decisiones bravas. Por último, el Consejo debe prevalecer sobre todos los intereses.
-Entonces espera a la convención en Túnez y haz lo que tengas que hacer -me respondieron.
-Así será -dije. -Pero no intervendré en nada relacionado con peleas de campeonato mundial. Mi voto no será emitido jamás.

José Sulaimán

El principio del fin

 

Por: Ramón Marquez

 

-VI parte-

 

En cuanto conquista el campeonato mundial de peso medio asoma el lado oscuro de Carlos Monzón. Excesos en todo. En vicios, mujeres, lujos… Y violencia.

Tenía 28 años cuando me hice campeón. Ya no era un niño. Fue un gran cambio para mí, porque comencé a ganar dinero grande. Podía comprar el auto más caro, las ropas más lujosas. Sabía, además, que los argentinos estaban muy orgullosos de mí.
Carlos Monzón

Excesos… Violencia… Doce días después de vencer a Roy Dale –Roma, marzo 5, 1973-, Monzón sorprende al arribar a Maracay para estar cerca de su amigo Nicolino Locche, quien disputaría a Antonio Cervantes el título mundial superligero. Sube con él a la esquina y bajan con la derrota a cuestas. Después de cenar, y a unos pasos del hotel donde se hospedan, grita uno de los cuatro ocupantes de un automóvil: “¡Monzón, te apuesto mil dólares a que no puedes con Mantequilla Nápoles!”. Es el inicio de una agria discusión. Descienden del auto los provocadores. Uno huye al ver que Monzón corre hacia él y lo persigue. Los otros tres sacan revólveres y una ametralladora del vehículo y disparan al aire. Uno cae noqueado por la derecha de Monzón. El de la ametralladora lo amenaza, de frente a él. Monzón tira de la camisa, rompe los ojales y abre el pecho. “Tira, pues. Pero tira a matar. Si no, te cago a trompadas”. Se acobarda el hombre armado. También sus amigos, que suben al vehículo y huyen.

Excesos… Mujeres… Violencia… En mayo, su esposa Mercedes Beatriz le dispara con una pistola.

¿Violencia? Sí. Porque yo era muy celosa y él también. Reaccionábamos muy mal. Una vez mi ojo morado apareció en todas las revistas europeas, pero en ninguna de las argentinas. Presenté, sin éxito, dos denuncias por violencia doméstica… Es cierto. Hubo tiros. Él andaba de novio con una chica del barrio. Una tarde acompañé a mi hija, que había sido reina de una comparsa, y al regresar lo sorprendimos. Me caí emocionalmente. Estaba cansada. No pensé. Me descontrolé. Ya eran muchas cosas. Le tiré para asustarlo, no era para matarlo, pero hice blanco dos veces. Fue necesaria una cirugía de 7 horas para extraerle una bala en la espalda. La otra se quedó a vivir en su cuerpo.
Mercedes Beatriz García.

Elección en Túnez -Parte II-

Los recuerdos están fijos en la mañana del 5 de diciembre de 1975 en Túnez. Mientras el coronel Hamouda mantiene vivo su largo discurso, vaga la mente de José Sulaimán. ¿Qué haría si, por alguno de esos imponderables del destino fuese elegido como presidente del Consejo Mundial de Boxeo?

Si fuera presidente, pensaba, ofrendaría mi vida en pro de la humanización del boxeo y erradicaría los abusos sobre ese ser humano de puños enguantados, siempre carne de cañón en el juego de intereses personales. Sería prioritaria la implementación de una rigurosa atención médica para todos los peleadores, como prioritario sería enfrentar a la vergonzosa práctica de la discriminación racial… Tendría que luchar por borrar la imagen de aquellos que, alejados del ring, deambulaban por los callejones llorando la tristeza de su presente y añorando las noches de luz y gloria de su gran pasado. ¿Por qué no podían vivir con dignidad y orgullo en su retiro? Esos eran los retos y los objetivos. Sólo por ellos aceptaría la presidencia, porque no podría ser un presidente dedicado sólo a clasificar y a sancionar peleas titulares. Eso lo podía hacer cualquiera. Lo urgente era el cambio radical. No del CMB, sino del boxeo en el mundo.
José Sulaimán

10:54 A.M. Faltaba un minuto…

Entre las brumas del adormecimiento colectivo llegó el coronel al final de su perorata: “…agradezco al profesor Velázquez su pasión y su entrega al boxeo, y creo que todos lo hacemos, pero por todo aquello que nos divide y para evitar la muerte del Consejo Mundial de Boxeo, propongo que José Sulaimán, el hombre sin enemistades, el hombre que ha sabido entendernos, mediar entre nosotros y resolver nuestros problemas, sea electo por aclamación”.  Y empezó a aplaudir con frenesí.

Suelo bromear. Suelo decir que mi elección como presidente del Consejo Mundial de Boxeo fue por aclamación de los dormidos. Pero algo hay de cierto… Con los aplausos del coronel despertaron los dormidos y comenzaron a aplaudir también. No porque comprendieran lo que se les había pedido, sino porque creyeron que había terminado el discurso. Entonces fui elegido por aclamación de los dormidos que despertaron… Fui elegido sin una oposición, sin una voz en contra…
José Sulaimán

10:55 A.M.

Todavía aturdido –confiesa- por la emoción, el señor Sulaimán se puso en pie, tomó el micrófono y dijo, con su sonora voz de huasteco: “Acepto mi elección con la condición de que sea unánime. Si no es unánime no tomo un barco que se esté moviendo pa’rriba y pa’bajo. Yo ya no quiero eso. Por eso me quiero ir”. Lo callaron con aplausos.

La unión hace la fuerza, les dije. Y ahora estamos unidos… Los cuatro precandidatos me abrazaron con afecto, con esperanza, ya tranquilos. Se había apagado el volcán. Se levantó Jim Deskin y dijo que estaba muy contento con la elección, que yo había sido vicepresidente y después presidente de la Federación Norteamericana, que me habían visto trabajar por muchos años y que lo había hecho siempre con humildad absoluta.  Inclusive formamos parte del Comité de Clasificaciones y siempre fue una postura de mucha amistad. Piero Pini se levantó a decir sus bromas: que le pasaba el biberón al bebito. Yo estaba más joven, comparado con ellos. Le pasaba el biberón a un bebito. “Pero como yo lo he visto trabajar, es realmente el que nos tiene aquí unidos –dijo-. Es quien ha resuelto muchos problemas, el que nunca se pelea con nadie. Es la liga, el conjunto para todo y creo que, aunque con muchos jalones de orejas, es la persona que va a sacar adelante el Consejo”. El profesor Velázquez no habló. Antonio Sciarra no habló. Pero ambos me abrazaron.
José Sulaimán 

El humilde Simon

Sucedió el 18 de diciembre de 1993. Hoy hace 20 años. Y parece que fue ayer… Esa noche se llenó el estadio Cuauhtémoc -en la ciudad de Puebla-, por primera vez sede de una multiestelar función de boxeo, con tres títulos mundiales en disputa. El atractivo era Julio César Chávez, entonces el mejor peleador del mundo, libra por libra. Sin embargo, se intuía que, aunque invicto -21-0-, el británico Andy Holligan no sería un rival de peligro. Tampoco se concedían opciones de victoria al dominicano Merqui Sosa, adversario del campeón mundial supermediano Michael Nunn. Como pelea nivelada, la tercera era la mejor opción: el Terrible Terry Norris expondría el título mundial superwelter ante el jamaiquino Simon Brown, ex monarca welter en la versión de la FIB.

Las suposiciones fueron ciertas: Julio César Chávez noqueó en cinco rounds a Holligan, elevó su record a 89-0-1 y retuvo el título superligero del WBC. Michael Nunn fue muy superior a Merqui Sosa y lo venció por decisión unánime.

Entonces subieron al ring Norris y Brown. Puede decirse que, después de Julio César, Norris era uno de los peleadores más llamativos. Espectacular peleador que tres años atrás arrollara a John Mugabi y lo despojara del título superwelter del WBC. Lo defendió 11 veces –en el camino superó al legendario Sugar Ray Leonard, hasta encontrarse con Brown, un devoto estudioso de la Biblia y quien se hacía llamar a sí mismo El Humilde Simon.

No fue tan humilde en el ring. La pelea se definió al finalizar el primer round, cuando Brown envió a Norris a la lona con un duro recto de izquierda a la mandíbula. El campeón no pudo recuperarse de ese golpe. En el segundo se tambaleó en varias ocasiones, su cabeza sacudida por los derechos del caribeño, quien, en los segundos finales del tercero, lo puso a bailar con una tremenda combinación de derecha-izquierda-derecha. Nada podía hacer Norris. Nada hacían sus golpes a Brown. Hasta que sucedió lo inevitable: al minuto y seis segundos del cuarto asalto, Brown lo noqueó con el enésimo derechazo a la mandíbula. The Ring calificó esta pelea como La Sorpresa del Año.

-Brown no pudo disfrutar mucho el título. Después de defenderlo ante Troy Waters, concedió la revancha a Norris. El 7 de junio de 1994 el Terrible Norris se redimió ante todo el mundo –principalmente ante sí mismo-. Con una formidable exhibición de boxeo se mantuvo alejado de los peligrosos puños del jaimaquino, lo derrotó por puntos y recuperó la corona.